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Si algo caracteriza a los grandes simios, nosotros incluidos, es la lucha por el poder. Sobre todo a nuestros más cercanos parientes: gorilas y chimpancés. Es decir que de manera natural buscamos imponer nuestra voluntad a los demás, para vivir mejor que ellos. Para comer más o reproducirnos con más frecuencia, que son los grandes logros de un primate. Las comunidades de nuestros parientes cercanos son pequeñas, como pensamos que fueron las nuestras hace cien mil años. Pero nosotros logramos construir mecanismos culturales que permitieron la existencia de grupos mayores. Gracias a ello, la agricultura tuvo sentido, y después la irrigación, y poco a poco, todo lo que hoy tenemos.
La construcción cultural fundamental es el Estado. Aunque el término es muy reciente, el concepto es longevo. La imposición de una estructura de poder más allá de los determinantes naturales es lo que permitió la existencia de grupos sociales mayores a los cien individuos, y esa estructura de poder es el Estado. Por cuestiones de análisis se le puede llamar de otras maneras: tribu, jefatura, como sea necesario. Sin embargo, el elemento fundamental es esa estructura de poder básica que atraviesa a toda la sociedad y que permite su funcionamiento. Por eso la brillantez de la definición de Weber: el monopolio de la violencia legítima, es decir, la única estructura de poder aceptada por toda la sociedad.
Los momentos más difíciles en cualquier sociedad tienen que ver con una alteración de esta estructura de poder: la muerte de un rey y la lucha por la sucesión, la transición entre regímenes, el hundimiento del Estado frente a una invasión. Cuando una sociedad pierde el esqueleto del Estado, regresa la naturaleza, y nos convertimos en múltiples grupos pequeños, bandas, incapaces de coordinar acciones, encaminados a la desaparición.
Mientras la lucha por el poder se mantiene en los cauces del Estado, la sociedad no tiene problemas, y se trata sólo de elegir, de la manera que sea, al macho alfa transitorio (que, por cierto, ya no tiene que ser macho). Pero cuando los cauces se rebasan, entonces el esqueleto se empieza a derrumbar, y cada individuo empieza a buscar su comunidad cercana, sus pocas decenas de individuos en quienes puede confiar, para construir su banda y aspirar, tan sólo, a la supervivencia. Y ahí mantenerse hasta que un nuevo esqueleto se yerga, y sobre él cada pequeña comunidad busque su espacio.
El Estado en México está siendo atacado desde fuera de los cauces. Con violencia pura, desde el crimen organizado. Con irresponsabilidad absoluta, desde el resentimiento electoral. Con más nostalgia que eficiencia, desde guerrillas más bien simbólicas. Pero todos son ataques al Estado, y por lo mismo, son todos riesgos profundos para el funcionamiento de la sociedad.
Es de la estructura de poder que he llamado Estado de donde surgen las reglas básicas sobre las que construimos toda nuestra vida. El simple debilitamiento del Estado borra las reglas, y todas nuestras decisiones se llenan de incertidumbre. De hecho, el proceso de transición en México ha significado la desaparición de todas las reglas no escritas que completaban a la muy incompleta Constitución. El surgimiento parcial del nuevo régimen ha permitido sustituir esas reglas no escritas con instituciones, como la nueva Suprema Corte, por ejemplo.
Ninguna de las fuerzas que se levantan contra el Estado, me parece, tienen posibilidad de destruirlo. Pero la actuación de las tres, al mismo tiempo, es sin duda formidable, y dificulta su operación. Es decir, la de todos nosotros. No beneficia a la sociedad mexicana, es decir a México, el ataque de estas fuerzas al Estado. Es claro en el caso del crimen organizado, y debería serlo en los otros dos.
Pero hay quienes creen que la guerrilla no es una amenaza para el Estado, o quienes creen que el resentimiento electoral es fuente de legitimidad. En tanto debilitan el esqueleto, amenazan a México. Que sus vísceras no eclipsen su cerebro: es México lo que está en juego.
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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
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